(Lennon/McCartney)
Once had a girl
Or should I say She once had me
She showed me her room
Isn't it good Norwegian wood?
She asked me to stay
And she told me to sit anywhere
So I looked around
And I noticed there wasn't a chair
I sat on a rug
Biding my time
Drinking her wine
We talked until two
And then she said "It's time for bed"
She told me she worked in the morning
And started to laugh.
I told her
I didn't
And crawled off to sleep in the bath
And when
I awoke
I was alone
This bird had flown
So I lit a fire
Isn't it good
Norwegian wood.

7 comentarios:
poesía {o intento}
Te veo en el espejo,
justo dentro de mi,
y no sé si existas;
¿Cómo?,
Si, no sé si existas,
Sólo hay opciones, experiencias y memorias,
¿Creadas? No sé,
en realidad que no lo hago.
Quisiera poder tenerte, creerte y hacerte;
¿Poder?,
No, no puedo
la sombra, el sol del medio día la desvanece,
¿Eres? , no sé que eres
Aire o suspiros,
Ruido o latidos.
Ayer te miré,
y con tu oscura mirada no me dijiste nada.
¿Eres?, por fin sé que eres;
Eres el miedo de haberte perdido,
Eres el recuerdo vivo,
La condena y la fantasía,
De no poder tenerte.
Eres, sí eres:
Estandarte,
de una nación olvidada.
Desaparece o regresa,
no seas tan injusta conmigo;
que mi pecado fue dejar de ser solo tu amigo,
dame la oportunidad,
quiero volver,
volver al pasado,
repetir de nuevo esa experiencia,
vivir otra vez.
Ya no sé sí existas,
O sí yo sea el fantasma;
dilema olvidado,
En un rincón de la mente,
Abandonado,
Al final tan solo prenderé una fogata,
En memoria y despedida,
Como un ave que vuela,
Al salir en sol temprano en la mañana.
Ayer era recuerdo,
ahora tan solo soy olvido.
Norwegian wood, parece muy sencilla en su letra, en verdad lo es. Es sencilla, pero no logras sacarla de tu cabeza, comienzas entonces a darle continuidad a todo lo que la canción no cuenta, a preguntar de quién habla y cómo se encontró con ella.
Quiero suponer que no habla de una chica, sino de un hada o cualquier otro ser ajeno al hombre. Un personaje hetereo, mágico y a la vez eterno, que desarrolla su vida dentro de un bosque u otro mundo distante del de nosotros.
Cuando comencé a leer la canción el cuadro que vi fue el siguiente; una mujer como la que sale en el señor de los añillos, cuando Frodo le quiere entregar el anillo(sortija), ya saben la que está vestida de blanco. Bueno esa es la mujer que me imagine. Agarrándese las manos un hombre común, con boina de cazador la mira sin saber qué. Entre ellos dos se dicen todo, sin mover labio alguno, él despierta arrepentido por haber cerrado los ojos, y en el momento de abrirlos ya fuera mañana.
Un ideal colectivo.
Muchos se precian de haber conocido a su pareja ideal, pero sólo unos pocos pueden vanagloriarse de haber conseguido algo en común con esa persona. Los últimos nos conformamos quizá con sólo haberla conocido, con la promesa de una ventana entre abierta para salir del lacerante cuarto de la amargura. Afortunadamente para mí el amor ha tenido muchas caras: las bellas que promueven la desesperanza, las guapas que alimentan la fantasía, las comunes que con visible desconcierto superan a todas las demás, las feas que acicatan mi recato, las prohibidas que despiertan mis perversiones y las anacrónicas que merecen toda mi nostalgia. De estas últimas recuerdo con especial aprecio a una chica que nunca conocí, ni conoceré, a pesar de que se mantiene presa del tiempo. La ví en una feria del libro hace un par de años. Los organizadores de esas ferias al parecer rehusan selección por variedad y yo, que tiempo atrás había superado la tentación compulsiva de la cantidad, me encontré pronto dispuesto a salir con sólo un par de libros bajo el brazo. Decepcionados enfilamos a la sección de libros de viejo, a un lado de la exposición principal, y entre el polvo y el encierro, en una caja de madera con la inscripción [Fotogramas originales. 50 pesos c/u] tras buscar un poco ví su fotografía. De pie emerge de la umbría casa señorial enfundada en un vestido de texturas inmaculadas y mirando directamente hacia mí, hacia el lugar en el que estuvo la histórica cámara, consiguió provocar la más rápida y frenética sucesión de recuerdos inexistentes que jamás haya tenido, como si desde el pasado me hubiera proyectado a un futuro imposible en el que ya octogenario descubriera la foto de un amor perdido entre los papeles amarillentos de mi escritorio. En pos de la verosimilitud de mi nostalgia senil debo rescatar el carácter diverso de las imágenes que me extrañaron de la realidad circundante, que a pesar del predominio de imágenes bellas y felices donde la mitología personal se insinuaba en formas sutiles, abundaban también imágenes de doloroso despecho y rencoroso deseo, pero entre las cuales trashumaba la inefable plenitud de las pasiones correspondidas. El impulso de tenerla fue tan grande que terminé en la plaza cercana fumando un cigarrillo mientras la madeja de esos recuerdos se desovillaba hasta el momento en que el viejo nostálgico se sorprendía imaginado por el joven sorprendido por la irrupción de sus amigos sorprendidos por la carrera que emprendí a la voz de No tardo nada, olvidé algo. Como suelen terminar los amores imposibles, éste también terminó en imposible. En el puesto no me supieron dar razón de lo que había ocurrido con esa foto que había contemplado largo tiempo. ¿La compré? ¿La había robado para perderla después? ¿O lo que me pareció lo más probable y doloroso, la olvidé y alguien más la compró en mi ausencia? Busqué en el cajón desesperadamente pero no encontré mas que otras fotos de la misma chica, quizá incluso la misma fotografía, pero ninguna pudo ya provocar el mismo efecto. Antes de despedirme pregunté quién era esa chica. Silvia Pinal, me dijeron, también: era guapa.
La música de los Beattles ha sido para mí como el cine de Fellini; sé que existen, que fueron los más grandes (cada uno en sus respectivos campos) y que todo aquel que se precie de conocer medianamente la música o el cine debe saber sobre ellos, pero que por alguna razón nunca me he decidido a entrarle en serio. Claro que tampoco es que no conozca nada de ellos, ya saben, lo que todos, love me do, yellow submarine, let it be y alguna otra. Sin embargo esta primer experiencia seria con el cuarteto ha resultado sencillamente fascinante. Basta la primera frase de la canción para que la detenga y piense: ah cabrón, y me repita en voz alta esas 13 palabras que envuelven una incógnita tan profunda y exquisita. I once had a girl or should i say she once had me. Por primera vez, por lo menos que recuerde, me pongo a pensar seriamente en esa forma de referirnos a nuestras relaciones afectivas. Decimos “tuve una novia” y aunque la pertenencia no es absoluta como la palabra lo indica, no pensamos jamás si realmente TUVIMOS a esa novia, o si ella nos TUVO a nosotros o si nos TUVIMOS mutuamente. No creo que podamos TENER realmente una novia, o un amigo, porque no es algo que nos “ocurre”, y de ahí parto a una serie de reflexiones hasta que me doy cuenta que la canción tiene más de 13 palabras y que aún no he escuchado las demás. ¿por qué jamás decimos: “una vez fui novio de una chica”? Así que la canción sigue, y cuando acaba yo tengo una sonrisa que disfraza pésimamente mis inmensas ganas de decirle a Lennon: ¡Qué cabronazo!
La historia es bien sencilla, y creo que ahí radica su encanto. Un amor de una noche, que por más trillado que sea no deja se fascinarme, una chica misteriosa que invita al incauto hasta su mismísimo cuarto, un bosque Noruego. Esto viene a razón de que el pino noruego fue un material muy usado en la construcción de casas en Inglaterra a principios del siglo XX, de ahí el título de la canción. También me parecen geniales las sugerencias que se hacen con tan poca letra. No sabemos por qué le enseño su cuarto, por qué le pidió que se quedara, de qué hablaron hasta las dos o si él durmió con ella cuando se le invitó; más aún, no sabemos por qué diablos terminó durmiendo en el baño. ¿Fue muy malo en la cama o simplemente la chica lo rechazó cuando él quiso algo más que charlar? “Y cuando desperté, estaba solo, esa ave había volado” (estaba solo cuando al día siguiente el sol me desveló, me desperté abrazando el hueco de su ausencia en mi colchón, diría el buen Sabina). La sugerencia del final es la mejor. “Un poco de fuego”. ¿Incendió la casa? Y si lo hizo por qué no esperó a que ella volviera. En fin, una historia bastante buena.
Hombre mirando la ciudad a través de la ventana.
No era navidad, pero se trataba de nuestra cena navideña. Cosa de unos cuantos. Miguel y Nacho eran amigos cercanos, Natalhi y Kathe, las estudiantes finlandesas de intercambio, Luisen fue a preparar la cena y luego se quedó, Juanlu estaba saliendo con Naiara, e iban juntos, nada formal pero llevaban un rato enrollándose, Katy estaba sola y yo; yo fui invitado por ella y por Naiara.
Naiara es la mujer más hermosa de este mundo.
La cena no fue nada especial, incluso trataron de preparar algo mexicano. Fracasaron. Apenas una extraña carne envuelta en tortilla de harina. Luego el vino, (mucho y bueno); terminamos jugando a desafiarnos sobre cosas que todos querían hacer pero nadie se atrevía. Ya saben de qué estoy hablando: Besa al de al lado, sal a la calle y grita que quieres hacer el amor con cualquiera, métete al baño, quítate las bragas y enséñanoslas. No pude evitar sentirme ridículo, hacía años que no jugaba de tal forma y me sentía incómodo. Intuía un plan disimulado en los ojos de mis anfitrionas. No soy un tipo magnánimo, pero amo a una mujer y ella no estaba entre los comensales.
Mis intuiciones casi siempre son alucinaciones falsas. No aquella vez. Naiara desdobló su desafío y leyó: Elige a quien tú quieras y métanse en una habitación. Bueno, no pasa nada, ella viene con Juanlu y con Juanlu partirá. Lamenté un poco perderlos en la velada porque ambos eran divertidísimos. Naiara se levantó, a la vez que Juanlu limpiaba sus comisuras con una servilleta y aventaba su silla para atrás. Luego dijo: Señores, un placer haber compartido… Su despedida fue parada en seco por la voz de Naiara que dijo: Elijo a Oscar.
Sin apenas notarlo estaba en su habitación. Afuera so oían murmullos y risas leves, adiviné a casi todos del otro lado de la puerta atentos a cualquier sonido echo por nosotros que estábamos dentro. Digo a casi todos porque del otro lado, abajo, en la calle, la llantas del automóvil de Juanlu rechinaban como mentando madres. Naiara, no dijo nada y no hizo nada. Comprendí perfectamente que ella ya había hecho su parte y lo demás corría por mi cuenta. Ella se sentó en su restirador y comenzó a hojear un álbum de fotos enorme, de ésos que tienen nuestros padres porque alguien se los regaló el día de su boda y luego ellos retacaron de imágenes ridículas: Oscarito llorando con la cara llena de merengue, Oscarito revolcado por una ola, Oscarito vestido de revolucionario, Oscarito viendo a su papá lavar el auto.
Oscarito mirando la ciudad de Madrid desde la ventana de la mujer más hermosa del mundo.
Así, mirando la ciudad me cuestioné: ¿Podré algún día tener un álbum de ésos en casa? ¿Qué fotos tendrá? ¿Algún día tendré un hijo con la cara llena de merengue? ¿Le veré ser revolcado por una ola? ¿Me verá lavar el auto? ¿Algún otro de los posibles días de mi perra vida, la mujer más hermosa del mundo estará en su restirador esperando una resolución mía? Tantas preguntas y sólo una certeza: Mi futuro estaba hecho pinole, y me iba a arrepentir inmortalmente de cualquier decisión que tomará en ese momento. Una situación semejante no se la deseo ni al más noble de mis amigos ni al más mezquino de mis enemigos.
Naiara se levantó y con un susurro me dijo: comprenderás que ahora no puedo salir y actuar como si nada. Tú haz lo que quieras, yo me voy a dormir. Se recostó de cara a la pared y se quedó dormida o lo simuló. Yo aún permanecí detrás de ella, mirándola, incansablemente.
Si al siguiente día ella se arrastró al baño, quemó la habitación o escribió una canción noruega, es algo que sólo ella puede contestarles. No conservo su teléfono pero la encuentran en el número cinco de la calle Carretas, en Madrid. Si la ven, díganle que me arrepiento incesantemente y luego, díganle que quizá no sea verdad.
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